La trashumancia en Madrid forma parte del patrimonio cultural de una región marcada durante siglos por el movimiento estacional del ganado.
Esta tradición acaba de recibir la declaración de Bien de Interés Cultural dentro de la categoría de patrimonio inmaterial.
La protección reconoce mucho más que el desplazamiento de rebaños.
También pone en valor caminos históricos, construcciones rurales, herramientas, fiestas populares y formas tradicionales de relacionarse con el territorio.
La trashumancia en Madrid, reconocida como patrimonio cultural
La trashumancia consiste en trasladar ganado entre distintos territorios según las estaciones.
Los pastores buscaban mejores temperaturas, agua disponible y pastos adecuados para alimentar a los animales.
Ovejas, cabras y ganado vacuno han participado históricamente en estos desplazamientos.
Esta práctica también condicionó durante generaciones la vida de los pastores y sus familias.
Su influencia permanece visible en elementos como chozos, corrales, majadas, tinados y refugios repartidos por diferentes zonas madrileñas.
El reconocimiento regional se suma al obtenido internacionalmente.
En 2023, la UNESCO incorporó la trashumancia a su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Más de 4.100 kilómetros de vías pecuarias
Uno de los legados más llamativos aparece bajo nuestros propios pies.
Madrid conserva una red formada por 4.104 kilómetros de vías pecuarias, que ocupan más de 13.000 hectáreas.
Estos caminos representan aproximadamente el 1,6% de la superficie regional.
Su origen está relacionado con el desplazamiento tradicional de ganado entre diferentes zonas de la Península.
Cañadas, cordeles y veredas que siguen presentes
La red madrileña incluye cañadas reales, cordeles, veredas y coladas.
Entre sus grandes trazados destaca la Cañada Real Segoviana, que atraviesa el territorio madrileño de norte a sur.
También destacan la Leonesa Oriental y diferentes caminos vinculados a El Pardo y la Sierra de Guadarrama.
Estas rutas no fueron solamente corredores ganaderos.
Durante siglos también favorecieron intercambios económicos, culturales y sociales entre pueblos alejados entre sí.
Caminos históricos que también sirven para disfrutar de la naturaleza
Las vías pecuarias conservan hoy nuevas funciones junto al tránsito ganadero tradicional.
Muchas actúan como corredores ecológicos entre espacios naturales y facilitan la conexión entre distintos ecosistemas.
Además, algunos recorridos pueden utilizarse para caminar y descubrir el paisaje rural madrileño.
El tránsito ganadero mantiene siempre la prioridad sobre otros usos permitidos.
Las personas pueden recorrer estas vías a pie respetando el ganado, el entorno natural y las normas existentes.
Para las familias, estos caminos ofrecen otra manera de conocer la historia fuera de museos y espacios cerrados.
Un paseo puede convertirse en una oportunidad para explicar cómo se desplazaban antiguamente miles de animales.
¿Dónde continúa viva la trashumancia madrileña?
La actividad permanece especialmente vinculada a la Sierra Norte, la Cuenca del Guadarrama y la Cuenca Alta del Manzanares.
El legado también aparece en numerosas celebraciones populares.
Municipios como Pedrezuela, Colmenar Viejo o Navalafuente conservan tradiciones relacionadas con el mundo ganadero.
Valdemanco, La Hiruela, Robregordo y Braojos mantienen igualmente manifestaciones culturales conectadas con ese pasado pastoril.
Estas costumbres permiten comprender que la trashumancia supera ampliamente el ámbito económico.
También ha influido en fiestas, paisajes, relaciones sociales y formas tradicionales de vida.
Un patrimonio que conecta pasado y presente
La protección de la trashumancia ayuda a conservar una parte fundamental de la historia rural madrileña.
También permite reconocer el valor actual de caminos que siguen atravesando pueblos, montes y espacios naturales.
Los más de 4.100 kilómetros de vías pecuarias forman una red histórica excepcional.
Conocerla permite entender mejor cómo se construyó el paisaje que hoy rodea numerosos municipios madrileños.
La próxima vez que aparezca una cañada o vereda durante una excursión, quizá merezca la pena detenerse.
Ese camino puede llevar siglos conectando personas, animales y territorios.

